El presidente Gustavo Petro elevó la tensión diplomática con Estados Unidos al advertir que Colombia reconsiderará la cooperación en la lucha contra el narcotráfico si Washington insiste en actuar al margen del derecho internacional. La polémica surgió tras la destrucción de una lancha en el Caribe atribuida al Tren de Aragua, operación cuestionada por la ONU y calificada por el mandatario como un “asesinato”.
El presidente Gustavo Petro lanzó un fuerte mensaje que remeció las relaciones diplomáticas entre Bogotá y Washington. A través de su cuenta en X, el mandatario criticó la reciente operación de fuerzas estadounidenses en el mar Caribe, que destruyeron una embarcación presuntamente vinculada al Tren de Aragua. Petro calificó la acción como un “asesinato” y señaló que constituye una violación grave al derecho internacional, encendiendo las alarmas en la Casa Blanca.
La Oficina de Derechos Humanos de la ONU también se pronunció, recordando que el uso de la fuerza letal solo puede aplicarse como último recurso frente a una amenaza inminente. En sintonía con esa postura, Petro advirtió que la cooperación bilateral con Estados Unidos no es incondicional: “Si al gobierno de EE. UU. no le importa la ONU y el derecho internacional, a mí sí”, recalcó, condicionando la relación a los principios de legalidad y respeto internacional.
El choque ocurre en un momento especialmente sensible. El presidente Donald Trump deberá decidir el próximo 15 de septiembre si descertifica a Colombia en la lucha antidrogas, medida que tendría un fuerte impacto político y económico. A ello se suma el debate en el Congreso estadounidense sobre un recorte del 50 % en la ayuda no militar a Bogotá, un escenario que podría agravar aún más la frágil relación entre ambos países.
Las tensiones no son nuevas. La administración Petro ha generado incomodidad en Washington por su negativa a reconocer al llamado “Cartel de los Soles”, sus acercamientos con el gobierno de Nicolás Maduro y sus críticas abiertas a la política migratoria estadounidense. Estos gestos han sido interpretados como un distanciamiento de la histórica alianza que Colombia ha mantenido con la potencia norteamericana durante décadas.
Uno de los momentos más tensos se vivió con la visita de la secretaria de Seguridad Nacional de EE. UU., Kristi Noem, cuando surgieron diferencias sobre migración y seguridad que desembocaron en un cruce directo con el mandatario colombiano. Poco después, una delegación de senadores estadounidenses, entre ellos Rubén Gallego y Bernie Moreno, viajó a Bogotá para reunirse con Petro en la Casa de Nariño, en un intento de “bajar la temperatura” diplomática, aunque con pocos resultados concretos.
El nuevo episodio deja en evidencia la fragilidad de la relación bilateral. Para Washington, Colombia ha sido un aliado clave en la lucha contra el narcotráfico y la seguridad regional; sin embargo, los últimos choques han sembrado dudas sobre el futuro de esa cooperación estratégica. En palabras de analistas internacionales, se trata de una prueba de fuego para ambas naciones en un momento de cambios geopolíticos en América Latina.
El debate también se traslada al escenario interno. Mientras opositores advierten que Petro está poniendo en riesgo una alianza fundamental para la estabilidad y la seguridad del país, sus simpatizantes defienden la postura presidencial como un ejercicio de soberanía frente a lo que consideran excesos de Estados Unidos. En redes sociales, la discusión se intensificó, generando un ambiente de polarización en torno a la política exterior del actual gobierno.
Pese al tono desafiante, la Cancillería colombiana aseguró que los canales diplomáticos siguen abiertos y que la apuesta del gobierno es resolver las tensiones mediante el diálogo. No obstante, la advertencia de Petro marca un punto de inflexión y plantea un interrogante central: ¿lograrán Bogotá y Washington mantener una cooperación estratégica bajo las reglas del derecho internacional, o se aproxima una ruptura que cambiaría la geopolítica regional?































