La política tolimense comenzó a mover sus fichas mucho antes del calendario electoral. Aunque oficialmente nadie habla de candidaturas, en los pasillos del poder y en las reuniones políticas una pregunta empieza a repetirse con fuerza: ¿quién será el candidato del Barretismo para intentar mantener la Gobernación del Tolima?
Sobre la mesa aparecen tres nombres que representan distintas apuestas dentro del mismo proyecto político: el exgobernador Ricardo Orozco, el actual diputado Geovanny Molina y el exsecretario de Desarrollo Agropecuario Fernando Borja.
Cada uno tiene atributos diferentes, pero el análisis político conduce inevitablemente a un nombre que parece partir con ventaja: Ricardo Orozco.
No solamente porque ya conoce el ejercicio de gobernar el departamento, sino porque, dentro del Barretismo, sigue siendo el dirigente que mayor nivel de confianza tendría por parte del máximo jefe conservador del Tolima, Óscar Barreto Quiroga. En política, la experiencia pesa, pero la confianza del líder suele pesar todavía más.
Sin embargo, una eventual designación de Orozco estaría lejos de representar una candidatura cómoda.
Su principal adversario podría no estar inicialmente en la oposición, sino dentro de su propia casa política.
El Barretismo llega a esta nueva etapa después de cerca de doce años ejerciendo el poder departamental. Un tiempo suficiente para consolidar una estructura política, pero también para acumular desgaste, inconformidades y cuentas pendientes. Gobernar durante tanto tiempo tiene ventajas administrativas y electorales, pero también genera cansancio entre sectores del electorado que comienzan a buscar nuevas alternativas.
Si Ricardo Orozco termina siendo el escogido, tendrá que asumir esa realidad sin desconocerla.
La oposición seguramente centrará parte de su discurso en recordar los compromisos que quedaron pendientes durante su administración como gobernador. Proyectos inconclusos, expectativas ciudadanas sin resolver y decisiones que hoy siguen siendo objeto de debate volverán a ocupar espacio en la agenda política.
Pero quizás el desafío más complejo será recomponer las cargas al interior del propio Barretismo.
Ningún proyecto político permanece doce años en el poder sin que aparezcan diferencias internas, liderazgos emergentes, aspiraciones personales y tensiones por la distribución del poder. La tarea de quien aspire a representar esa organización será unificar criterios, cerrar heridas y evitar que las divisiones terminen favoreciendo a sus adversarios.
Y esos adversarios no serán menores.
En el escenario político aparece una figura de peso nacional como el actual ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, un dirigente con amplio reconocimiento en el Tolima y con capacidad para liderar una campaña de alto impacto si decide regresar a la arena electoral. Si ese escenario no se materializa, el bloque conformado por los liberales progresistas y el Pacto Histórico también tendría la posibilidad de presentar un candidato competitivo.
No es un dato menor que ese sector político logró importantes avances en el departamento. En las recientes elecciones legislativas, la lista encabezada por Iván Cepeda obtuvo la mayor votación en nueve de los 47 municipios del Tolima, dos Representantes a la Cámara, una señal de que el progresismo dejó de ser un actor marginal y comenzó a disputar territorios donde tradicionalmente predominaban las fuerzas conservadoras.
Eso significa que la próxima elección podría dejar de ser una simple competencia entre maquinarias tradicionales para convertirse en una confrontación entre dos modelos políticos claramente diferenciados.
Por eso, antes de pensar en derrotar a la oposición, el Barretismo tendrá que resolver su propia ecuación.
¿Le apostará a la experiencia de Ricardo Orozco? ¿Buscará renovar liderazgos con Geovanny Molina? ¿O sorprenderá con Fernando Borja como una alternativa distinta dentro del mismo proyecto político?
La decisión no será solamente sobre un nombre. Será una definición sobre el rumbo que quiere tomar el movimiento político más influyente del Tolima en los últimos doce años.
Si el elegido es Ricardo Orozco, la misión será doble: convencer a su propia organización de que sigue siendo el hombre indicado para liderar el proyecto y demostrarle al departamento que el Barretismo todavía conserva la capacidad de renovarse, corregir errores, cerrar fracturas internas y responder al inevitable desgaste que produce el ejercicio prolongado del poder.
Porque una cosa parece clara desde ahora: cualquiera que reciba la bandera del Barretismo no llegará a una elección fácil. La continuidad ya no dependerá únicamente de la fuerza electoral construida durante más de una década, sino de la capacidad para reinventarse frente a un escenario político mucho más competitivo que el de hace cuatro años.































