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Publicado Jul 11, 2026

Gobernar para dos países en uno: El verdadero desafío de Abelardo de la Espriella

Las elecciones presidenciales no solo definen quién ocupa la Casa de Nariño. También revelan el estado de ánimo de una nación. Y si el escenario fuera que Abelardo de la Espriella se posesiona como presidente el próximo 7 de agosto con cerca de 13 millones de votos, frente a unos 13 millones obtenidos por Iván Cepeda, el país amanecería con una realidad inquietante: una Colombia partida prácticamente por la mitad.

No se trataría de una victoria aplastante ni de un mandato incontestable. Sería un triunfo con muchas duras de ser legítimo en las urnas, y acompañado de una sociedad profundamente polarizada. De un lado, millones de ciudadanos celebrarían el cambio; del otro, millones mirarían al nuevo gobierno con desconfianza, rechazo o incluso negándose a reconocerlo políticamente como una opción que represente sus intereses. Esa fractura sería el verdadero punto de partida del nuevo presidente.

Gobernar en esas condiciones es infinitamente más complejo que ganar una elección. Una campaña se construye sobre discursos que movilizan emociones y consolidan apoyos; un gobierno, en cambio, exige tender puentes, construir consensos y administrar diferencias. El problema es que cuando un país queda dividido en mitades casi idénticas, cada decisión del Ejecutivo corre el riesgo de convertirse en un nuevo episodio de confrontación.

En ese escenario, Abelardo de la Espriella tendría que enfrentar una oposición robusta, organizada y con una importante legitimidad democrática. No sería una oposición marginal, sino una fuerza política respaldada por millones de colombianos que vigilarían cada decisión de su administración. Avanzar en reformas estructurales, construir acuerdos en el Congreso y mantener estabilidad institucional sería una tarea mucho más exigente de lo habitual.

A ese panorama se sumaría otro elemento que inevitablemente estaría en el centro del debate público: la experiencia en la administración del Estado. Una cosa es ejercer con éxito la profesión de abogado, liderar debates públicos o construir una imagen mediática; otra muy distinta es dirigir la compleja maquinaria del Estado colombiano, con sus desafíos fiscales, administrativos, sociales y territoriales. Gobernar requiere conocimiento técnico, capacidad de gestión y habilidad para coordinar instituciones que funcionan bajo reglas muy diferentes a las del ejercicio privado. Eso no lo sabe hacer Abelardo.

También surgiría una discusión sobre el estilo de liderazgo. Para algunos, la personalidad fuerte y confrontacional de De la Espriella representa determinación y carácter. Para otros, esos mismos rasgos podrían convertirse en un obstáculo para el diálogo político. En una democracia fragmentada, la firmeza puede ser una virtud, pero cuando deriva en rigidez o dificulta la construcción de acuerdos, termina alimentando aún más la polarización.

El gran interrogante sería entonces si un liderazgo basado en la confrontación puede transformarse en uno capaz de convocar a quienes no votaron por él. Porque una cosa es representar a casi 13 millones de ciudadanos; otra, mucho más difícil, es gobernar para cerca de 52 millones de colombianos.

La historia demuestra que los gobiernos elegidos en escenarios de máxima polarización suelen enfrentar mayores dificultades para consolidar reformas, atraer inversión y generar confianza institucional. La incertidumbre política impacta la economía, afecta las decisiones empresariales y termina reflejándose en la percepción internacional del país. Ningún inversionista apuesta con tranquilidad por una nación donde cada reforma parece una batalla y cada decisión presidencial profundiza las divisiones.

La pregunta de fondo no es si Abelardo de la Espriella tendría legitimidad para gobernar. Si gana las elecciones conforme a las reglas democráticas, esa legitimidad la otorgan las urnas. La verdadera discusión es si tendría la capacidad política para gobernar un país dividido exactamente por la mitad, donde la otra mitad no solo discrepa de su proyecto, sino que podría convertirse en una oposición permanente.

Porque el reto de un presidente no consiste únicamente en llegar al poder. El verdadero desafío comienza al día siguiente de la posesión. Es allí donde termina la campaña y empieza la obligación de gobernar para quienes votaron por él y, sobre todo, para quienes nunca quisieron verlo en la Presidencia.

En una Colombia polarizada, el éxito de un gobierno no dependerá únicamente de sus promesas de campaña, sino de su capacidad para reducir la distancia entre dos países que hoy parecen convivir bajo una misma bandera, pero con visiones profundamente distintas sobre el futuro de la nación.

ElCorrillo.Co

Profesional en comunicación social